IRASSHAIMASE [♥]

Ohayou Mina*san!! Mi desde cualquier lugar ricondito del espacio... asdasd~~ Aww.. Llegue a la Tierra dnd avitan los tericolas, con la funcion de dominarlos con mis Nyaas >w< asdasd~~
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Fragmento Uno: Luna Roja

Kyaaa!! se me dio por escribir, y como soy ociosa no lo eh terminado hasta este mismo instante.. Weno todabia sigo teniendo la loca idea de volverme famosa al publicar un horroroso libro y bueno se q soy un asco pro igual escribo ><.. asdasd.. me eh dado cuento q soy un tierno y adorable Uke, Soubi me violara nyaaa


Fragmento Uno: Luna Roja
La ligera brisa del viento de una noche de verano, ondulaba mi liso y largo cabello azabache, dándole la bienvenida al crudo y deprimente invierno. La calle en donde esperaba con paciencia yacía desolada, excepto por dos amantes que se abrazaban con ternura, que estaban alumbrados bajo la tenue luz de los postes, al otro lado de la calle.
-Tórtolos.- susurre con pesadez.
Hasta ahora no comprendo el sentimiento que irradian aquellas personas que según ellos proclaman haber encontrado su otra mitad en el mundo, o mejor dicho la razón de sus patéticas vidas carnales. No lo entiendo y no intento hacer el más mínimo esfuerzo por comprenderlo ya que nunca me detuve a pensar en otra persona que no sea yo. Seré egoísta, me da igual. Sino veo por mí, quién lo hará. Esa era la regla número uno que mi hermano me impartió antes de partir.

Un destello segador y el sonido de un motor rompió el hilo de mis pensamientos. Entrecerré los ojos para protegerlos, pero no funciono por lo que me vi obligada a usar las palmas de las manos para cubrirme. Segundos más tarde un auto aparco frente a mí, silenciando su motor.
Mientras recuperaba la vista, escuchaba con atención el bajo chillido de la puerta al abrirse y luego el sonido de pasos lentos.
-¡Arg! ¡Maldita sea!- maldije mientras me frotaba levemente los ojos.
Parpadee dos vez y al fin pude vislumbrar el auto que estaba a mis pies. Era de color amarillo canario con franjas negras a los costados y en la cabecera tenia un triángulo de plástico blanco con la inscripción taxi en negrita.
-¿Señorita?- preguntó un hombre alto y flaco que estaba parado junto a mí. Su cabello marrón oscuro se debatía entre las canas, su barba que alguna vez fue de un brilloso color marrón, se perdía con el tiempo entre las canas y debajo de los ojos había sacos del nítido cansancio. Al parecer el hombre rodeaba la tercera edad.- Señorita ¿está usted bien?- preguntó con preocupación marcada en la voz.
-Si, estoy bien, no se preocupe.- respondí en un murmullo. En realidad no quería echar pelea por la parcial ceguera que me causo su auto.
-¿A donde quiere que la lleve?- pregunto de nuevo, viendo atentamente mi equipaje.
-Al aeropuerto, por favor.- respondí
-Seguro.- el hombre cogió las dos valijas que tenia a los costados y las introdujo en la maletera con cuidado.
Mientras tanto eche un rápido vistazo al pequeño reloj de muñeca. Marcaba las 10:30 pm. La hora en la cual nunca olvidare. La hora de mi nuevo comienzo.
-Señorita, ya esta todo listo.- dijo el hombre que tenia la puerta del asiento trasero, abierta.
-Gracias por colocar las valijas.-
-Es un placer.- respondió con una sonrisa.
Antes de entrar al auto, gire sobre mis talones para despedirme de aquella calle que siempre me vio pasar.

Jamás olvidare la hilera de casas que se amontonaban unas con otras, casas que de por si eran casi idénticas. Cuando las veía me hacían recordar a un sueño de espejos, muy hostil para mi gusto. En toda esa similitud siempre resaltaba una casona, que en sus tiempos debió ser una de la más hermosa y pintoresca en esta calle lúgubre y monótona.
Con el paso del tiempo, el dueño de la casona, encomendó a un grupo de monjas para que se hicieran cargo. Y con todo el privilegio que tenia, lo convirtieron en un orfanato para menores y centro de adopción para los niños, llamándolo Buenaventura.
Yo vivía allí con mi hermano, hasta esta noche.
Según las monjas que me acunaron, llegue bajo un manto azul de terciopelo, en una noche lluviosa junto con mi hermano, agarrados de la mano. En ese entonces era una pequeña de ocho años y mi hermano me llevaba por siete años más. Me contaron que aparecimos en el umbral de la gran puerta de roble principal, sin angustias ni pena. Mi hermano reflejaba un ademán protector hacia y yo me sentía calmada sujetándolo de la mano.

Como pasamos el margen de edad que preferían los padres que se iban día a día al centro, mi hermano y yo, no tuvimos suerte de encontrar una familia. Pero en sí, eso no nos afectaba en absoluto, ya que estábamos felices de tenernos el uno del otro. Mi hermano me protegía y yo lo admiraba con el paso del día.
-Sonríe, aunque tu corazón te duele.- repetía cada vez que me sentía triste o angustiada. Esa era la regla numero dos que me enseño, pero mas que una regla era un consuelo fortificante.

Lo quería más que a nadie en este mundo. No se cómo pero al abrir mis ojos por primera vez, ví el aliviado rostro trigueño de mi hermano. Me sentía extrañamente calida en aquella cruda noche de invierno, y era porque me acunaba entre sus brazos desnudos. Los copos de nieve caían sin cesar, a cada exhalación, una pequeña nube de humo salía por nuestras bocas. Un aterciopelado manto azul me envolvía, en la cual deslicé con cuidado, para también cubrir el cuerpo de aquel niño de hermosos ojos verdes que me estrechaba a el con fuerza.
-Gracias, pequeña.- dijo con dulzura, al mismo tiempo que depositaba un delicado beso en mi frente. Esa fue la primera vez que me beso, y la última fue, cuando cumplió veinte años y se fue a estudiar Gastronomía en el instituto K-ferina, dejándome sola en Buenaventura.
-¿No debería despedirse?- comentó el hombre que aún mantenía la puerta abierta del auto.
No me había dado cuenta que me abrazaba con fuerza y que me mordía el labio inferior, hasta que el hombre me recogió de mi ensueño y me trajo a la realidad.
-N-no… No es necesario.- murmure. Ya lo había echo hoy en la mañana, en el despacho de la directora. Y el motivo por el cual quise salir de noche, era para no tener que despedirme de los niños que se habían encariñado conmigo. No soportaba la idea de verlos y decirles que me iba hasta quien sabe cuanto.
El hombre no trato de disimular su preocupación ante mi respuesta, así que, antes que dijera otra cosa más, entre al auto…

Todo el recorrido que hicimos el taxista y yo, desde el pueblo Spica hasta el aeropuerto Ishtar, fue algo incomodo. El taxista con afán quería entablar conversación, pero yo, tan solo me limitaba a contestar lo necesario. No tenia ganas de hablar y mucho menos le prestaba atención a lo que decía, solo miraba las calles desaparecer por la ventada.
-Muchas gracias.- dije después de cuarenta y cinco minutos, cuando el taxista saco las valijas del auto y las coloco en el suelo.
-Suerte.- me insto.
-A usted.-
Di media vuelta y me encamine con paso firme hacia la entrada principal con las valijas en las manos. Tuve suerte de no tener mucha ropa, me ahorraba problemas en pedir un carrito y ver la estúpida cara de estupefacción que ponía el policía al ver tan solo dos valijas pequeñas.
Como era de esperarse, había una gran muchedumbre en el aeropuerto, unos esperando su vuelo tranquilamente y otros esperando a los recién llegados. También había personas muy alegres, comprando recuerditos en las lujosas tiendas.
Eche un rápido vistazo al gran reloj de pared. Marcaban las 11:15 pm. Tenía quince minutos de sobra. Me dirigí al tocador, sin antes registrar las valijas y tener todo los documentos y el pasaje en mi pequeño bolso morado.
En el baño era otro ajetreo. A decir verdad no me consideraba tan antisocial, pero ver a tanta gente en un mismo lugar, me incomodaba.
-¿A que parte de Riona vas?- escuche hablar a una chica baja, regordeta y de cabello negro, a su amiga, que tenia el mismo peinado, pero esta era mas estilizada y mucho mas delgada.
Al oírla hablar de Riona, no pude resistir en poner atención en aquella banal conversación.
-A los condominios de La Estancia.- respondió la otra.
-¡OH! El lugar más pituco.- expreso la regordeta emocionada.
-Claro.- dijo con petulancia en la voz.-O sea, no me voy a meter en cualquier sitio.
Después de eso, perdí conexión y di por finalizada mi atención poniendo los ojos en blanco. Me mire al espejo para ver que todo estaba en orden. Tenía bien puesta la chaqueta jean negra, la blusa morada oscura y el pantalón jean negro; lo único fuera de si, era mi cabello, me acomode el fleco que amablemente me cortó una de las monjas de Buenaventura, y peine el cabello que me llegaba un poco más arriba de los codos, con los dedos.
Estúpidas.- pensé.
-¿Viste sus ojos?- escuche hablar de nuevo a la regordeta, a su amiga.
-¿La flacucha de cabello negro?-
-Si, esa misma- Pare en seco a unos centímetros de la entrada, y pero rápidamente me oculte en uno de los pilares blancos.
-No pude verla bien.- dijo la delgada- estaba mirando como rayos tiene esos senos en un cuerpo como ese. Hasta tiene más que yo.
-Si, es verdad.- concordó la regordeta- es tan delgada que fácil puede hacerse pasar por una modelo además tiene unos senos bien formados.
ARG! Lesbianas.- grite en mi fuero interno.
-Bueno, como sea.- continúo la regordeta- sus ojos eran fuera de lo común, jamás había visto esa clase de color y te puedo asegurar que no eran lentillas. Sabes muy bien que soy experta en verificar si lo son.
-¡Ay niña! Basta de misterio y dime de una buena vez que tan sorprendente te pareció.- exigió- es mas, no creo que sea del otro mundo, conociéndote, a ti todo te sorprende.
-Ya esta bien. Te lo voy a decir, capaz te desmayes. Eran de color malva.
-¿Malva? Eso es imposible.
-Pues, después de lo que ví, no lo creo.
-Sabes ¿Qué?
-No.-
-Te llevare al oculista.- dijo con desprecio.
-No estarás… -Par de egocéntricas.- suspire.
Me harte de escuchar la ridícula conversación que tenían sobre mi y me lancé a los pasadizos. Pero claro, no me sorprendía en lo más mínimo de aquella charla, a donde iba, la gente siempre cotorreaba de mi persona y de mis peculiares ojos.
-Niña no deberías ponerte lentillas.- se atrevió a decirme una cuarentona hace unas semanas cuando estaba dulces para los niños de Buenaventura.
-Es mi problema si me los pongo o no.- respondí con descaro. Ya que si daba a entender que no tenia lentillas, comenzaría a bombardearme con un sin fin de preguntas, y no tenia paciencia para ello.
Cuando era niña también le pregunte a mi hermano porque tenía ese calor tan singular. Y él con gentileza me respondió: porque eres única. Además, a una niña hermosa le pega ojos hermosos.
Siempre conseguía ruborizarme, mientras lo hacia él se partía de la risa y eso me fastidiaba, a veces…

-El vuelo VK320 directo a la ciudad de Riona-Galia partirá dentro de 10 minutos,- anuncio la locutora.- por favor abordar el avión.
Me dio un vuelco a la boca del estomago, ese era mi avión. Apresure el paso para llegar a las maquinas de detección de metal, pase sin inconvenientes ya que nunca había cargado nada de valor que les interesara a las personas, y mucho menos cosas lujosas como joyas de plata u oro.
-Su pasaporte por favor.- dijo una bella señorita de moño y uniforme azul.
-Aquí lo tiene.- le enseñe el pasaporte de cuero marrón.
-Muchas gracias.- contesto con una sonrisa.- Señorita, su asiento es el A22 a la mano derecha. Asentí con la cabeza. Rogaba al cielo de que mi asiento quedara al lado de la ventana, y para mi suerte así lo era. Suspire del alivio, aunque sabía que la única cosa que iba a mirar seria esponjosas y blancas nubes, estar al lado de la ventana me animaba el viajar en avión.
Continuo a mi asiento, había otro, pero este estaba vació.
No pasaron ni cinco segundos cuando la arrogante muchacha de contextura delgada que había visto hace poco en el tocador, irrumpió en el avión. Como era de esperarse, su caminata era de una típica niña creída. Hizo el mismo procedimiento que hice, pero en este caso a ella se le borro rápidamente la sonrisa arrogante de la cara convirtiéndola en una fea mueca, cuando la bella y morena señorita de moño y uniforme azul, le indico donde se iba a sentar. Y obviamente era en el único asiento libre, junto a mí.
Me lanzo una mirada de de pocos amigos al cual ignore, me acomode en el asiento mirando por la ventanita, hasta que sentí que la muchacha se sentó a mi lado. No tuve la más mínima intención de echarle ojo, por lo que fingí poner atención a la ventanilla. No sabia porqué rayos le caía mal, y si fuera por el banal comentario que hizo en el tocador, pues me parecía una estupidez.

Mi corazón se paro cuando anunciaron el despegue, pero fingí despreocupación e intente no temblar. Mientras tanto la muchacha de mi costado yacía cómoda y entretenida con su aipod. No podía creer lo que estaba viviendo, por primera vez me iría de mi pueblo natal, Spica.

Con el transcurso del viaje el interior del avión se ponía más oscuro a causa; que los pasajeros iban apagando sus diminutas luces por el pesar de la noche. Yo también la había apagado, no porque tenía sueño sino porque mi adorable compañera se había quedado dormida a los pocos minutos del despegue, y no quería ponerle mas ya de mal humor. Su mal humor talvez se debiera a que no haya dormido bien, pero eso tampoco no me convencía.

Después de unos segundos, viajé en la penumbra, no había luz dentro ni mucho menos afuera. Todo estaba tranquilo; los adultos roncaban bajo, otros se movían pero no incomodaban a sus compañeros, todo estaba tranquilo; pero aun así me sentía intranquila.
Mire por la ventanilla sabedora que no iba a ver nada, pero eso no desistí en ver al exterior. Por mas loco que fuera esto, estaba completamente segura que la luna siempre tenia un hermoso brillo plateado, también sabia que si bien lo vieras de lejos o de cerca igual seria plateada; sin embargo esta vez brillaba de un rojo escarlata, un hermoso rojo. Ni bien era cierto la luna siempre me había parecido bella, pero ahora me parecía gloriosa y bella en su máxima expresión.

No sabia porqué se había tornado así y me daba igual porque en si me gustaba. Me atraía mucho más.

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